El Funanmbulista

El día había amanecido placido. La temperatura era agradable y no hacia casi nada de viento. Andrés y el resto del equipo habían estado preparando el cable unas horas antes y todas las pruebas habían acabado con la salida del sol. Un buen augurio.

Mientras se afeitaba en un hotel próximo se reafirmaba en que esa seria la ultima vez.

El Ayuntamiento le había contratado para la inauguración de la que por lo visto iba a ser la calle peatonal mas grande del mundo. El Paseo de la Castellana de Madrid cerraría el trafico a los coches el lunes siguiente a su actuación prevista para el próximo domingo 2 de abril.

Cuarenta años, un estado físico más que razonable, una carrera de éxitos y la ambición de ser el artista de semejante acontecimiento eran las razones para el sí.

Algo de dinero bien invertido, un pequeño patrimonio, un divorcio a la espalda y un amor reciente tan desbocado como imposible eran las razones para el no. No necesitaba hacerlo y no quería morir en ese momento. Todavía no.

Andrés le esperaba abajo con un coche. En pocos minutos llegaron a la tribuna de autoridades donde les esperaban alcalde y concejales, algunas caras conocidas y decenas de periodistas. Cámaras, micrófonos,  flashes, preguntas típicas…

Nada parecía distraerle ni sacarle de su estado de concentración. Tras los inexcusables saludos oficiales se subió al ascensor exterior que se había montado para la ocasión. Treinta pisos pasaron lentamente uno tras otro ante sus ojos. No miraba a la calle. La fachada de cristal y metal del edifico reflejaba el sol con fuerza compartiendo con el la medida de la distancia al suelo. Andrés seguía a su lado sin hablar. Le había acompañado en todas sus actuaciones y sabia que su silencio era la mejor forma de ayudarle. Le había llamado al hotel una hora antes para darle todos los detalles sobre la tensión del cable, las comprobaciones de seguridad, la velocidad y la orientación del viento y las previsiones para las próximas horas. Lo repasarían todo arriba. Frente al cable. Ahora no había mucho mas que decir.

Ultimo piso. Las puertas se abren y dan paso a una azotea diáfana,  de suelo gris, plata, limpio, liso, casi resbaladizo. Enfrente, a pocos pasos, unas barandillas paralelas marcan la zona de entrada al cable. Grandes mochetas y tuercas fijan los tensores que lo sujetan.  Cerca, envuelta en una fina tela roja le espera la pértiga que le ayudara a llegar al otro lado.

El medico toma sus constantes por ultima vez mientras los técnicos revisan todos los elementos de seguridad. Después se van. De nuevo, como tantas veces, Andrés y el, solos.

– ¿Te encuentras bien?

– Si

– ¿Estas seguro?

– Si

– Sabes que podemos irnos sin dar explicaciones.

– Lo se.

– ¿Necesitas algo mas?

– ¿Ha venido?

– No lo se.

– ¿Ha llamado?

– No. Pero sabe que tiene un sitio en el edificio de enfrente. Si quiere estar, estará.

– Ya.

– No se esperan cambios de viento. El día es perfecto. Hazlo como siempre lo has hecho. ¿Estas listo?

– Si. Espérame al otro lado.

Las pisadas de Andrés se alejan. El ruido de las puertas del ascensor al abrirse y el inicio del descenso son los últimos sonidos que oye antes de empezar a concentrarse en su propia respiración.

Por fin arriba, nadie.

Se acerca al cable, usa las barandillas para empezar la sesión de estiramientos que usa siempre para concentrarse, respira, estira, respira. La energía en el abdomen, en el centro, el Chi que lo controla todo. El equilibrio, la armonía, la diferencia entre la vida y la muerte. Su vida y su muerte.

En un ultimo movimiento se agacha, desenvuelve la pértiga, la levanta, la estabiliza y se acerca al cable. Solo unos centímetros le separan del primer paso. El primero de los 50 que le separan del edificio de enfrente. Abajo se ven personas pequeñas y mudas. Son el final del vacío que vuelve a estar ante él. El vacío que crea esa sensación que solo con una disciplina férrea ha podido controlar durante su carrera. El vacío que se agarra a su boca del estomago y trata de expandirse por todo el cuerpo invadiendo primero los pulmones  y que solo el entrenamiento y la voluntad consiguen retener ahí, en su centro, a raya, bajo control.

Ahora está al borde del edificio, de pie, erguido como una caña de bambú, firme pero flexible, con la pértiga en sus brazos. Abre los ojos, levanta lentamente la pierna derecha, la extiende y apoya el pie en el cable. El tacto es bueno. No hay movimiento perceptible. Es hora de apoyar el pie izquierdo para completar el primer paso. Está en el cable, solo, con sus pensamientos.

La conoció de forma causal y se quedó prendado. Era su tipo físico, sin duda, pero fueron sus ojos y su sonrisa lo que le descolocó y se le metió entre las costillas.

El aire le parece limpio, el cielo de Madrid está claro, azul y despejado y siente que de alguna manera le sostiene. La pierna derecha vuelve a avanzar con suavidad, la pértiga oscila levemente sujeta por sus brazos con firmeza, la respiración es regular y da el segundo paso sin dudar.

Desde que la vio nació en él un irrefrenable deseo de estar con ella. Buscaba su proximidad casi más que su contacto. De alguna manera la sabía prohibida y se autocensuraba en sus manifestaciones. Verla, tenerla cerca de vez en cuando era bastante.

Las piernas están tensas, los pies flexibles, los brazos sostienen la pértiga que mantiene un equilibrio imposible con movimientos apenas perceptibles. Una bandada de pájaros le rodea mientras parecen contemplar con admiración su ejercicio. Da el tercer paso, se afirma, respira y abstrayéndose de todo, hasta de ella, encadena un cuarto paso.

Ha pasado mucho tiempo desde que nació la pasión que ahora le muerde las entrañas. El contacto ha seguido y al amor de primera vista se le ha unido el cariño del roce, la admiración de muchas de sus virtudes y el infalible acicate de lo prohibido, de lo inconveniente, de lo inapropiado.

El reflejo repentino del sol en una ventana del edificio de enfrente capta su atención más de lo debido. En mitad del quinto paso se inclina en exceso hacia la izquierda, el pie tiene que enroscarse literalmente en el cable mientras la pértiga compensa el movimiento tras un gesto rápido y preciso que ninguna de las figuritas de abajo apreciará nunca. Algo de calor en la frente precede a unas pequeñas gotas de sudor que resbalan tímidas hacia su cuello. La respiración y el control le devuelven a la posición de equilibrio perfecta de la que depende su vida.

Su vida que, sin ella, sería otra vida. Su vida con ella, pero sin ella, es una lucha cruenta contra sí mismo. Sabe que no debe luchar por ella, que no debe ni siquiera intentarlo. Sus días son una permanente contención de emociones. Preguntas no hechas, labios que sólo hablan y ojos que moderan sus miradas. Necesita usar el mismo control que le mantiene arriba en equilibrio. La razón tratando de imponerse. La razón que no consuela el vacío que le deja su ausencia.

El sudor ha desparecido. La respiración mantiene un ritmo pausado. El aire entra y sale lentamente haciéndole flotar entre el cielo azul y el suelo gris cuajado de puntos en movimiento a los que les son ajenos sus pensamientos. Creerán que su mente está concentrada en no caer, en llegar al otro lado, en culminar con éxito su hazaña. Sin embargo sus movimientos ya se han convertido en automáticos y la inercia le guía. Los músculos han adquirido el punto justo de tensión y elasticidad. Toda su sangre los impulsa hacia delante con firmeza, aceptando ya sin miedo recorrer una distancia infinita. Todos sus años de entrenamiento le han servido para que su cuerpo se mueva de forma independiente, maquinal, autónoma. Como un robot. Ya no es humano. Ahora sólo funciona.

 

Hazaña sería besarla y conseguir en ese beso todas las sensaciones que durante tanto tiempo ha imaginado. Tomar de su aliento la pureza que confía todavía le quede. Romper con sus labios el velo que esconde quizá, todavía, un resquicio de inocencia de la que ella pareciera avergonzarse. El único éxito, sentir su deseo y quizá, por un momento, tener su amor.

 

Ha recorrido la mitad de la distancia. El grupo del edificio de enfrente se ve con claridad. Andrés está el primero mirando atentamente, tranquilo, seguro, serio. Andrés es su verdadera pértiga. Cuando encuentra sus ojos sabe que le abrazará al llegar. Quiere ese abrazo.

Los pájaros, no sabe si los mismos, vuelven a volar cerca de él. Están suspendidos y parecen querer acompañarle en sus últimos pasos. Es un intruso en las alturas que despierta su curiosidad. Cuanto antes llegue al otro lado antes recuperarán ellos su espacio.

Según se va acercando al final el corazón empieza a acelerarse. Dentro de poco sabrá si está arriba. El cuello se tensa y la respiración se agita. Ante sí unos pasos y otra vez, el resto de su vida.

Y si está, ¿qué? ¿Seguir soñando?

Seguir soñando.

Sueños.

Lejanos sueños que le acompañan muchas noches, hasta que el amanecer le recuerda que un día más tiene que subir al cable, coger la pértiga, respirar y apoyar el pie para dar el primer paso de la travesía que será su día. Manteniendo el equilibrio. Conteniéndose. Respirando. Concentrando toda su energía en hacer lo correcto porque cualquier error sólo producirá más dolor.

 

Apenas quedan cinco pasos. Andrés le sonríe anticipando un nuevo triunfo. Otro éxito. Pero la mirada que le devuelve es extraña. No expresa triunfo. Se siente bien en el vacío. Su vacío. Allí no necesita nada. Sólo seguir haciendo lo que sabe. Es cómodo. No caben los abrazos ni los besos. En el cable no los necesita. Abajo tampoco. Entonces, ¿para qué seguir avanzando? Quizá porque los pájaros se lo siguen pidiendo. Una buena razón, pero no suficiente. Era un buen día para acabar. Buena temperatura, una brisa suave, el corazón otra vez latiendo despacio, la mente limpia, consciente de lo que tiene y lo que no. Lo que desea y no le es dado. Consciente de que lo que venga luego será al menos distinto. Sólo un movimiento levísimo bastaría para cambiar todo su universo de sensaciones. Para acabar con el vacío y con los sueños. Para dejar de abrasarse en sus ojos. Una inclinación sutil de la pértiga, un giro suave del cuello, una última mirada de agradecimiento y de solicitud de perdón para Andrés y todo acabaría en segundos. Sería un vuelo rápido en el que sentiría lo que toda su vida había tratado de evitar. El aire rozándole la cara con fuerza, el cuerpo girando veloz formando infinidad de escorzos que trataría de hacer bellos hasta el final. Y luego ¿nada?. Lo que fuera sería bienvenido.

 

El gesto de Andrés le saca de su abandono. Ha girado la cabeza hacia atrás. En el grupo se ve movimiento. Lentamente aparece buscando la primera línea. Está guapa, como siempre. A él siempre le parece radiante.

Le clava los ojos preguntándole. Esta seria. No puede prometerle nada. No sabe, no quiere, no debe. Pero en sus ojos hay una petición.

“Quédate”.

Sus ojos le devuelven la pregunta que ella no quiere oír.

“¿Para qué?”

“No lo se, pero quédate.”

El está ahora tan inmóvil como cualquiera de los edificios que puede abarcar con la mirada. No piensa. Sólo siente. Y siente que todavía le faltan motivos para renunciar al vuelo.

Sin apartar los ojos de los suyos ella se acerca todo lo que puede al borde del edificio y alarga el brazo tendiéndole la mano. No ha mudado el gesto. No hay un asomo de promesa en su mirada. Sólo una orden.

“Quédate”.

Ha empezado a soplar algo de viento que mueve su pelo con delicadeza y le tapa los ojos por un momento. El hace un gesto con la cabeza pidiéndole que se lo aparte. No quiere dejar de ver sus ojos ni por un momento. Son lo único que le retiene arriba.

Y entonces ella, sin dejar de mirarle, se aparta el pelo:

“Ven”.

Y entonces él…va.

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