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Ciudadanos: la gran decepción
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Entonces veríamos que de 1580 hasta el día cuanto en España acontece es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo va en crecimiento hasta Felipe II. El año vigésimo de su reinado puede considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su cima, la historia de España es ascendente y acumulativa; desde ella hacia nosotros, la historia de España es decadente y dispersiva. El proceso de desintegración avanza en rigoroso orden de la periferia al centro. Primero se desprenden los Países Bajos y el Milanesado; luego, Nápoles. A principios del siglo XIX se separan las grandes provincias ultramarinas, y a fines de él, las colonias menores de América y Extremo Oriente. En 1900, el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. ¿Termina con esto la desintegración? Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión, intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos… Es el triste espectáculo de un larguísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.
El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegración es el suceso inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte. A este fenómeno de la vida histórica llamo particularismo y si alguien me pregunta cuál es el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo contestaría con esa palabra.
Pensando de esta suerte, claro es que me parece una frivolidad juzgar el catalanismo y el bizcaitarrismo como movimientos artificiosos nacidos del capricho privado de unos cuantos. Lejos de esto, son ambos no otra cosa que la manifestación más acusada del estado de descomposición en que ha caído nuestro pueblo; en ellos se prolonga el gesto de dispersión que hace tres siglos fue iniciado
Iñaki Garay
29/04/2019
La alta participación a las seis de la tarde era ya toda una premonición. Sobre todo en Cataluña, donde esta vez muchos nacionalistas que no suelen votar en las elecciones al Parlamento Español, se movilizaron para salvar su proyecto separatista. Tres circuntancias han posibilitado el hundimiento de la derecha y la recuperación de la izquierda. La primera, la negativa de Ciudadanos a pactar con el PSOE. La vehemencia con la que Albert Rivera negó cualquier posibilidad de pacto con los socialistas ahuyentó a mucho antiguo votante del PSOE que veía en la formación naranja una alternativa progresista a un sanchismo que había perdido las esencias del PSOE para caer en manos de los nacionalistas. Pero una cosa es votar a Ciudadanos como alternativa del PSOE y otra muy diferente votarle para que forme gobierno con PP y, sobre todo, con Vox. Buena parte de ese votante volvió ayer a votar al PSOE con la nariz tapada.
La segunda circunstancia ha sido la purga que Pablo Casado ha protagonizado en el Partido Popular. El desplazamiento de muchos primeros espadas del PP tras su victoria en las primarias ha descapitalizado al partido y ha dejado muchos nichos de votos sin cubrir que se han ido posiblemente a Ciudadanos. Un ejemplo que ilustra esta fallida estrategia: Nadie entendió que en Huelva una figura como Fátima Báñez fuera sustituida por un candidato del perfil de Juan José Cortés.
Pero la tercera circunstancia, y la más importante, que ha posibilitado el renacer de la izquierda y el hundimiento de la derecha ha sido la irrupción de Vox. La formación que lidera Santiago Abascal ha dividido a la derecha, ha asustado al votante potencial de Ciudadanos e incluso al del propio PP y ha movilizado en masa a mucho votante de izquierda que estaba dispuesto a que gobernase una opción de centroderecha, pero nunca una derecha vehemente y reaccionaria. Y los mensajes y la puesta en escena de Vox se han percibido como reacción. Como una amenaza a cuestiones que mucha gente hoy percibe como principios básicos de la sociedad moderna del siglo XXI. La solidaridad, la inmigración, el feminismo, la libertad sexual, la religión, el aborto… son temas de fondo en los que la izquierda ha impuesto unos patrones de pensamiento fuera de los cuales todo es percibido como políticamente incorrecto o incluso reaccionario. Es tan difícil hilar fino que los mensajes de Vox han acabado por asustar a un gran número de españoles que desde 1996 percibían a la derecha como una opción perfectamente homologable con una sociedad moderna. Pero han dejado de hacerlo ante las expectativas que estaba generando Vox, llenando a golpe de consigna pabellones que finalmente han resultado ser pura tramoya. Todavía ayer por la mañana en muchos foros conservadores se vivía una cierta euforia, propia de quien considera que el conjunto del país es simplemente una extensión de su propio mundo y círculo vital. Se equivocaban.
Hace ya unas semanas José María Aznar advertía sobre el momento delicado que vivía el centro derecha por la división que provocaba Vox. “Si no se unifica el voto, el centroderecha perderá de forma irremediable”, decía Aznar. Y así ha sido. Los españoles han preferido la reedición de un Gobierno Frankenstein, sin saber a ciencia cierta lo que eso significa, a cualquier opción en la que estuviera presente Vox. El equipo de Sánchez sabía que la entrada en escena de Vox podía ser su mejor baza y así ha sido. Y lo ha sido en muchos aspectos. Para recuperar su credibilidad como líder. No en vano Sánchez había sido hasta ayer el líder del PSOE que peores resultados había recabado desde la reinstauración de la democracia. Lo sigue siendo, pero ahora es el vencedor en un panorama político con cinco fuerzas en liza. Ha conseguido acabar de enterrar a Susana Díaz en Andalucía al trasladarle definitivamente la responsabilidad total del fracaso del socialismo en las últimas elecciones en aquella tierra. Vox ha permitido a Sánchez desviar la atención en la campaña. Le ha permitido que los españoles presten poca atención a la desaceleración económica o a la deriva de un separatismo que sigue reforzándose desde las instituciones, para poner sus ojos sobre un partido que, en buena parte gracias a la propaganda desplegada por la izquierda, se percibe como una amenaza contra la democracia y las libertades. Por algo Sánchez quería a Vox. Para no tener que rendir cuentas y para dividir al adversario. La llegada de Vox, además, ha conseguido estigmatizar a la derecha por mucho tiempo, con un problema añadido: Vox está aquí para quedarse, lo que va a perpetuar esa división que beneficia al sanchismo.
Pedro Sánchez y el PSOE fueron ayer los grandes ganadores de las elecciones, fundamentalmente porque parten sobre el papel con dos opciones para formar gobierno. La primera, aunque Albert Rivera niegue cualquier posibilidad, es la de un Gobierno PSOE-Ciudadanos. Sería el Gobierno mejor acogido internacionalmente y por los mercados y el que, en principio daría mayor estabilidad a España. Sin duda alguna moderaría las propuestas fiscales que ha ido lanzando el PSOE en campaña y frenaría la hemorragia de gasto que amenaza con debilitar aún más a este país ante la evidencia de la desaceleración. Aunque Rivera ha dicho que no pactará con Sánchez, habrá que esperar al resultado de los municipales y autonómicas para ver si el PSOE tiene monedas de cambio para ofrecer a Rivera y hacer viable de esta manera una alianza que, de momento, parece lejana por dos motivos. Por una parte, Rivera aspira a convertirse en el referente del centro derecha y una alianza con Pedro Sánchez le restaría opciones. Por otra parte, una alianza de Sánchez con Rivera dificulta cualquier acuerdo con separatistas, incluido el indulto a los políticos presos, tras una eventual sentencia condenatoria del Supremo.
La segunda opción de Sánchez, la que ahora cuenta con más papeletas, es la reedición del Gobierno Frankenstein, pero esta vez sin la participación de los separatistas catalanes. Pablo Iglesias ha dejado claro que en esta ocasión, a pesar de haber perdido buena parte de sus apoyos, quiere formar parte activa de ese gobierno. Es la peor noticia . La heterodoxia de la que ha hecho gala Podemos, dispuesto a disparar el gasto y financiarlo con impuestos al tejido productivo, es una amenaza en toda regla para la economía española en un momento internacional muy sensible. La inversión, el consumo, el empleo privado y la productividad de la economía española pueden sufrir un revés que conduzca al país a una nueva crisis. Curiosamente, el PNV es la fuerza que puede moderar los ímpetus intervencionistas de Iglesias. En cualquier caso, lo que está claro es que este Gobierno indultaría a los responsables del 1-O si hay sentencia condenatoria.
Creer que España es mejor y más fuerte unida que desmembrada, que el gasto en estructuras políticas que no aportan valor es excesivo, que la sanidad, la justicia y la seguridad deben ser iguales en derechos y obligaciones para todos los españoles, no es ser un centralista peligroso que no entiende los beneficios de reconocer y admirar la diversidad cultural y los beneficios de la descentralización administrativa.
Querer que los delincuentes que sigan suponiendo un peligro para la sociedad no salgan de la carcel, no es ser una persona sin empatía que no cree en la reinserción y que no muestra sensibilidad hacia las personas que han errado su camino y que no quiere darle oportunidades a quienes las merecen.
Querer que las mujeres sean tratadas igual que los hombres ante la ley no significa no reconocer que dada la desigualdad física y el machismo imperante en ciertas culturas o estratos de la sociedad no haya que protegerlas especialmente en todas las situaciones en las que sea necesario sin escatimar recursos. Pero eso no implica aceptar que el hombre sea culpable por defecto.
Qieeer que haya orden en las calles, que se respeten los símbolos y las instituciones del Estado como la bandera, el himno, el ejército, la justicia y SM el Rey, no significa ser un monarquico absolutista defensor de la Inquisición.
Admirar la historia de España e identificarse con muchas de sus hazañas bélicas y culturales, no es ser un nostálgico imperialista que añora tener a los indios esclavizados.
Querer que la educación y el idioma no sean una herramienta para generar odio entre los españoles no es ser un tirano que niegue las hechos culturales de cada territorio de España.
Querer que la inmigración se organice y se regule para que beneficie a España y a los inmigrantes, no es ser xenófobo, es ser realista y tener sentido común.
Me gustaría saber, de las ideas expresadas arriba, con cuales no están de acuerdo aquellos de mis amigos y conocidos que se resisten a aceptar a VOX sin prejuicios, simplemente como un partido de orden que se ha limitado a devolvernos la voz a los que estábamos marginados, ignorados y silenciados por un PP acomplejado, compitiendo con el PSOE por ver quién es más socialdemócrata y más progre.
Votar a VOX no implica ser machista, ni xenófobo, ni nacionalista español, ni ultracatolico.
Significa creer en ciertos valores y principios, decirlo, no ser pusilánime al defenderlos, asumir los riesgos de actuar en lugar de contemplar plácidamente cómo todos los valores de la civilización europea, grecorromana y judeocristiana en su origen filosófico y liberal en lo económico, son disueltos por el ácido del infantilismo, el pensamiento Alicia y los retazos de un marxismo-leninismo que se resiste a aceptar su derrota, que está escrita con tinta indeleble en cada una de las piedras del muro de Berlín. Tinta que es sangre de los asesinados que trataron sin éxito de salir del paraíso comunista.
Es luchar con determinación contra el virus que infecta a millones de walking dead de la política. Son los vivos que se alimentan de las victimas del comunismo. Caminan ansiosos sin más plan que devorar, contaminar, destruir. Solo sirven para eso. Y la humanidad que aspira a resistir para que el mundo vuelva a la normalidad debe recurrir a las fuerzas que están dispuestas a luchar con valor, sin medias tintas y hasta la extenuación, por la libertad.
Celebramos ahora los 40 años de la Constitución del 78. Es buen momento para hacer balance. Desde su aprobación en referéndum, entre otros, por el autor de estas líneas a sus 18 añitos, han cambiado muchas cosas en España. Una de ellas es nuestro perfil demográfico, lo que comporta múltiples consecuencias en todos los planos sociales, económicos y políticas. Entre estas consecuencias figuran efectos de mucho calado sobre el censo electoral, y en especial tres grandes cambios:
–Muchos menos electores jóvenes y muchos más mayores ahora que en 1979, cuando las primeras elecciones del período constitucional. Además, las personas de más edad votan ahora en mucha mayor proporción que los jóvenes, con lo que su peso electoral real es aún mayor. Y en próximos comicios, todavía habrá más porcentaje de electores jubilados.
–Cambios de peso electoral por zonas geográficas. Algunas provincias (doce) han ganado escaños al Congreso de los Diputados desde las primeras elecciones de nuestra actual democracia, por haber aumentado el peso de su población respecto de la total de España, en detrimento de otras provincias (diecisiete). Estos cambios se deben en parte a desiguales saldos entre nacimientos y muertes, y en parte a desiguales flujos migratorios interiores a España, y con el extranjero.
-Hay ya una considerable y creciente masa de votantes potenciales con doble nacionalidad y raíces familiares foráneas, procedentes de la inmigración. Hasta ahora son muy mayoritariamente hispanoamericano, y en el futuro cada vez habrá más de tipo africano-islámico. En 1979 eran poquísimos los votantes de origen extranjero. Los participación electoral de los votantes con doble nacionalidad es menor que la de los españoles autóctonos, pero cabe esperar que vaya aumentando en el futuro, según sigan adaptándose a España.
España ya no es país electoral de jóvenes, sino de maduros y ancianos
Se sigue hablando mucho de “los jóvenes” como segmento electoral de interés prioritario para los partidos en busca del voto, algo que fue muy lógico en las primeras elecciones del período constitucional, en una España repleta de juventud. Pero lo es mucho menos ahora, cuando, por simplificar, somos mucho más un país de “maduros y viejos”. El principal responsable de este cambio es el hundimiento del número medio de hijos por mujer hasta niveles muy por debajo de los necesarios para el reemplazo de la población, y un 50% a 60% inferiores a los que había cuando ascendió al trono D. Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias. En promedio, desde 1979, en España hemos tenido un tercio menos de los niños que habrían asegurado el relevo generacional. Y eso, junto con el incremento de la esperanza de vida, ha generado una reducción muy considerable del número de jóvenes en España, un fuerte envejecimiento del conjunto de nuestra población, y una tendencia a la pérdida de población española, inexorable si el número de hijos por mujer sigue siendo insuficiente. En lo electoral, esto ha supuesto asimismo un sustancial envejecimiento del electorado, como se aprecia en la siguiente tabla. Las personas con 43 años o menos eran el 50% del censo electoral en 1979. Ahora, para llegar a la mitad de los votantes potenciales, hay que juntar a los electores de 18 a 50 años.

Es evidente, vistos estos números, que los votantes jubilados pesan ahora mucho más que los jóvenes en España, tras aumentar su ponderación en el censo electoral más de un 50% desde 1979, y reducirse en un 45% la de los menores de 30 años. El poderío electoral efectivo de los pensionistas se refuerza sobre su magnitud nominal porque, como se comentó en la introducción, suelen abstenerse menos de votar que los electores jóvenes. Y se refuerza de manera adicional porque la edad media a la jubilación en España sigue siendo inferior a 65 años, pese a los cambios legales y los esfuerzos realizados para que se retrase.
Poniendo todo lo anterior junto (los muchos electores mayores de 64 años, el extra de participación de los votantes añosos, y las personas ya retiradas de la vida activa con menos de 65 años), el voto jubilado representaría ya al menos el 30% del total, entre el doble y el triple que el voto de los menores de 30 años. Más aún: en futuros comicios, en cada legislatura, crecerá entre uno y dos puntos porcentuales el porcentaje de votantes jubilados. Y el segmento de españoles que se van acercando a las edades de jubilación, los que hay entre 50 y 64 años, es asimismo muy numeroso, apreciablemente más que hace 40 años. Así pues, aunque la retórica de “los jóvenes” como actor político decisivo sigue muy presente en el imaginario colectivo, para los partidos mayoritarios, con opciones a quedar en primer o segundo lugar, las elecciones difícilmente se ganan o se pierden ahí, sino más bien entre los electores jubilados y senior.
La España que gana y la que pierde peso electoral / poblacional
En el período constitucional ha habido notables diferencias entre la tasa de fecundidad por provincias / regiones, en su atractivo para la inmigración nacional y extranjera, y en su capacidad de retener a su propia población en ella, con el consiguiente correlato en el peso electoral de cada zona geográfica en el conjunto nacional. Por simplificar, la población de España en los últimos 40 años ha tendido a concentrarse en Madrid, el arco mediterráneo, Baleares y Canarias, con provincias especialmente pujantes en materia poblacional como Málaga, Baleares, Alicante, Las Palmas, Murcia o Almería. Todo ello se ha traducido en significativas variaciones del número de diputados al Congreso que se eligen en muchas provincias, de los que 248 (350 menos dos por provincia, uno por Ceuta y otro por Melilla) se distribuyen en proporción a su población de derecho. Entre las elecciones de 1977, cuando España recuperó su democracia, y 2016, 12 provincias han ganado diputados, por haber ganado peso poblacional apreciable en España, y 17 lo han perdido. Las 12 ganadoras, aparte de Madrid y Toledo (esta última, muy probablemente, por su cercanía a Madrid), son todas provincias de la costa mediterránea y sur: Málaga, Baleares, Alicante, Las Palmas, Murcia, Almería, Gerona, Tarragona, Cádiz y Valencia. En cuanto a las provincias que han perdido diputados, todas son del Norte o el interior de España, con una muy llamativa excepción: Barcelona. Un caso extremo es el de Soria. Ha quedado tan despoblada que es la primera provincia que se ha quedado solo con los dos diputados que se asignan sin tener en cuenta la población. Seguidamente se muestran en tablas y en un mapa de España estos cambios.


Por CCAA, se repite en lo esencial el patrón. Ganan diputados Baleares, Murcia, Canarias, la Comunidad Valenciana, Madrid y Andalucía, aunque no, de manera llamativa, Cataluña. Y pierden diputados Asturias, Castilla y León, Galicia, Aragón, Extremadura y el País Vasco. Cataluña conserva los mismos diputados que en 1977 porque, si bien Barcelona pierde dos, Tarragona y Gerona ganan uno cada una. Esto es reflejo del hecho de que el peso poblacional de Cataluña en España se ha mantenido aproximadamente constante desde 1977, en marcado contraste con lo sucedido en los cien años previos a la promulgación de la Constitución de 1978. El caso vasco, la otra región de España que, junto con Madrid y Cataluña, más prosperó en los años del desarrollismo franquista -en los cuales, estas tres regiones registraron crecimientos muy considerables de población y de peso demográfico en España[1]-, es asimismo notable. Desde 1977 hasta ahora la Comunidad Autónoma Vasca ha perdido un séptimo de sus diputados al Congreso, en consonancia con la marcada disminución de su peso poblacional en España en este lapso de tiempo, tras haberlo ganado de forma prácticamente ininterrumpida desde los tiempos de Isabel II hasta la muerte de Franco, y muy en especial durante el franquismo. En los últimos 40 años, en los cuales los habitantes del País Vasco nacidos en España incluso han disminuido ligeramente en número, Vizcaya ha perdido dos diputados, y Guipúzcoa, uno. Y, de no existir el mínimo de dos diputados por provincia y asignarse todos de forma proporcional a la población, la merma de los escaños vascos al Congreso habría sido mayor.

En próximos años y legislaturas, si las últimas tendencias no cambian, seguirá habiendo movimientos parecidos de ganancias de escaños por Madrid, las provincias mediterráneas y Canarias, y de pérdidas de representantes al Congreso por parte de las demás provincias del interior, Norte y Oeste de España.
Los nuevos electores: españoles con raíces foráneas
En el actual período constitucional, por primera vez en siglos, España ha pasado a ser un país con mucha más inmigración procedente del exterior que emigración hacia fuera de ella. Los extranjeros llegados a España desde 1978, y sobre todo en los últimos 25 años, han sido más de seis millones netos, los cuales han tenido aquí ya casi dos millones de niños en toral. Al margen de otras consideraciones, en lo electoral, la inmigración se ha traducido en un número creciente de votantes nacidos en el extranjero, que en algunas demarcaciones son un porcentaje ya muy considerable del censo. Y a futuro, contarán cada vez más en el electorado los hijos de inmigrantes, que son aproximadamente un 25% de los niños actuales de España.
Por esta razón, a comienzos de 2018, había ya en España casi dos millones de votantes potenciales nacidos fuera de ella. Además de hijos de emigrantes españoles que han retornado a la patria de sus ancestros, se trata sobre todo de inmigrantes que, al cabo de unos años de estancia aquí, han logrado la nacionalidad española. Una amplia mayoría de esos inmigrantes con doble nacionalidad son hispanoamericanos, que para acceder a nuestra nacionalidad necesitan mucho menos tiempo de estancia legal en España que otros extranjeros. Por otra parte, alrededor de un tercio de los foráneos residentes en España son nacionales de otro país de la Unión Europea, razón por la cual tienen mucha menos propensión que los inmigrantes de fuera de la UE a pedir nuestra nacionalidad, ya que no ganan tanto con ella como los americanos, africanos, asiáticos o europeos no comunitarios. Y aunque hasta ahora parece que estos nuevos españoles se abstienen mucho más que el resto de los votantes en los procesos electorales, cabe prever que sus tasas de participación electoral tiendan a aumentar, según lleven más tiempo viviendo en España, y que la obtención de su favor electoral sea cada vez de mayor interés para los partidos en liza, y mucho más en determinadas provincias y localidades, donde su peso en el censo es ya muy apreciable, como se aprecia de manera aproximada en el siguiente cuadro.

Es bastante común que, en las disertaciones sobre temas demográficos, para realzar la importancia de lo que en ellas se trata, se cite el célebre aforismo atribuido a Augusto Comte de que “en la demografía está el destino”. En materia electoral, no nos atrevemos a llegar a tanto, ya que a todos los partidos de masas les vota gente de todos los segmentos de edad, y de ambos sexos. Pero es innegable que la composición demográfica del electorado por zonas geográficas es uno de los elementos que más cuentan. De hecho, los diversos partidos suelen tener un éxito desigual por franjas de edad y sexos, además de por zonas geográficas. Y en el futuro, también contará cada vez más en qué medida cada partido es favorecido o no por el voto de los inmigrantes y los españoles cuyos padres tienen un sustrato étnico diferente del de la gente española “de toda la vida”.
A modo de ejemplo, en EEUU, en las últimas elecciones legislativas, los blancos votaron en mayoría por los republicanos, mientras los demócratas se impusieron por márgenes que fueron entre aplastantes y abrumadores entre los negros, asiáticos e hispanos. Por ello, conocer bien los perfiles demográficos de las diversas demarcaciones en los procesos electorales (población por edades, sexos, tipología étnica, etc.), y proyectar cómo evolucionarán en próximos años, es un elemento imprescindible para afinar las estrategias preelectorales y electorales de barrio / locales / provinciales / regionales / nacionales. Organizaciones con ese conocimiento demográfico de detalle, como Target Point, o la Fundación Renacimiento Demográfico, que modestamente dirijo, pueden ser de utilidad a estos efectos para quien lo necesite.
Para terminar estas líneas, reiteramos un consejo a los analistas políticos y estrategas electorales. Visto el envejecimiento de España desde 1978-1979, nada de tener una obsesión casi única con “los jóvenes”. Y en su lugar, conviene prestar más atención al voto “plateado” y de edades medianas, que de ellos será cada vez más el reino de los cielos electorales.
Autor: Alejandro Macarrón Larumbe
Ingeniero y consultor empresarial
Director de la Fundación Renacimiento Demográfico
Autor de los libros “El suicidio demográfico de España” y “Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo”
«No es lo que tenemos, sino lo que disfrutamos lo que constituye nuestra abundancia.» #Epicuro