El Funanmbulista

El día había amanecido placido. La temperatura era agradable y no hacia casi nada de viento. Andrés y el resto del equipo habían estado preparando el cable unas horas antes y todas las pruebas habían acabado con la salida del sol. Un buen augurio.

Mientras se afeitaba en un hotel próximo se reafirmaba en que esa seria la ultima vez.

El Ayuntamiento le había contratado para la inauguración de la que por lo visto iba a ser la calle peatonal mas grande del mundo. El Paseo de la Castellana de Madrid cerraría el trafico a los coches el lunes siguiente a su actuación prevista para el próximo domingo 2 de abril.

Cuarenta años, un estado físico más que razonable, una carrera de éxitos y la ambición de ser el artista de semejante acontecimiento eran las razones para el sí.

Algo de dinero bien invertido, un pequeño patrimonio, un divorcio a la espalda y un amor reciente tan desbocado como imposible eran las razones para el no. No necesitaba hacerlo y no quería morir en ese momento. Todavía no.

Andrés le esperaba abajo con un coche. En pocos minutos llegaron a la tribuna de autoridades donde les esperaban alcalde y concejales, algunas caras conocidas y decenas de periodistas. Cámaras, micrófonos,  flashes, preguntas típicas…

Nada parecía distraerle ni sacarle de su estado de concentración. Tras los inexcusables saludos oficiales se subió al ascensor exterior que se había montado para la ocasión. Treinta pisos pasaron lentamente uno tras otro ante sus ojos. No miraba a la calle. La fachada de cristal y metal del edifico reflejaba el sol con fuerza compartiendo con el la medida de la distancia al suelo. Andrés seguía a su lado sin hablar. Le había acompañado en todas sus actuaciones y sabia que su silencio era la mejor forma de ayudarle. Le había llamado al hotel una hora antes para darle todos los detalles sobre la tensión del cable, las comprobaciones de seguridad, la velocidad y la orientación del viento y las previsiones para las próximas horas. Lo repasarían todo arriba. Frente al cable. Ahora no había mucho mas que decir.

Ultimo piso. Las puertas se abren y dan paso a una azotea diáfana,  de suelo gris, plata, limpio, liso, casi resbaladizo. Enfrente, a pocos pasos, unas barandillas paralelas marcan la zona de entrada al cable. Grandes mochetas y tuercas fijan los tensores que lo sujetan.  Cerca, envuelta en una fina tela roja le espera la pértiga que le ayudara a llegar al otro lado.

El medico toma sus constantes por ultima vez mientras los técnicos revisan todos los elementos de seguridad. Después se van. De nuevo, como tantas veces, Andrés y el, solos.

– ¿Te encuentras bien?

– Si

– ¿Estas seguro?

– Si

– Sabes que podemos irnos sin dar explicaciones.

– Lo se.

– ¿Necesitas algo mas?

– ¿Ha venido?

– No lo se.

– ¿Ha llamado?

– No. Pero sabe que tiene un sitio en el edificio de enfrente. Si quiere estar, estará.

– Ya.

– No se esperan cambios de viento. El día es perfecto. Hazlo como siempre lo has hecho. ¿Estas listo?

– Si. Espérame al otro lado.

Las pisadas de Andrés se alejan. El ruido de las puertas del ascensor al abrirse y el inicio del descenso son los últimos sonidos que oye antes de empezar a concentrarse en su propia respiración.

Por fin arriba, nadie.

Se acerca al cable, usa las barandillas para empezar la sesión de estiramientos que usa siempre para concentrarse, respira, estira, respira. La energía en el abdomen, en el centro, el Chi que lo controla todo. El equilibrio, la armonía, la diferencia entre la vida y la muerte. Su vida y su muerte.

En un ultimo movimiento se agacha, desenvuelve la pértiga, la levanta, la estabiliza y se acerca al cable. Solo unos centímetros le separan del primer paso. El primero de los 50 que le separan del edificio de enfrente. Abajo se ven personas pequeñas y mudas. Son el final del vacío que vuelve a estar ante él. El vacío que crea esa sensación que solo con una disciplina férrea ha podido controlar durante su carrera. El vacío que se agarra a su boca del estomago y trata de expandirse por todo el cuerpo invadiendo primero los pulmones  y que solo el entrenamiento y la voluntad consiguen retener ahí, en su centro, a raya, bajo control.

Ahora está al borde del edificio, de pie, erguido como una caña de bambú, firme pero flexible, con la pértiga en sus brazos. Abre los ojos, levanta lentamente la pierna derecha, la extiende y apoya el pie en el cable. El tacto es bueno. No hay movimiento perceptible. Es hora de apoyar el pie izquierdo para completar el primer paso. Está en el cable, solo, con sus pensamientos.

La conoció de forma causal y se quedó prendado. Era su tipo físico, sin duda, pero fueron sus ojos y su sonrisa lo que le descolocó y se le metió entre las costillas.

El aire le parece limpio, el cielo de Madrid está claro, azul y despejado y siente que de alguna manera le sostiene. La pierna derecha vuelve a avanzar con suavidad, la pértiga oscila levemente sujeta por sus brazos con firmeza, la respiración es regular y da el segundo paso sin dudar.

Desde que la vio nació en él un irrefrenable deseo de estar con ella. Buscaba su proximidad casi más que su contacto. De alguna manera la sabía prohibida y se autocensuraba en sus manifestaciones. Verla, tenerla cerca de vez en cuando era bastante.

Las piernas están tensas, los pies flexibles, los brazos sostienen la pértiga que mantiene un equilibrio imposible con movimientos apenas perceptibles. Una bandada de pájaros le rodea mientras parecen contemplar con admiración su ejercicio. Da el tercer paso, se afirma, respira y abstrayéndose de todo, hasta de ella, encadena un cuarto paso.

Ha pasado mucho tiempo desde que nació la pasión que ahora le muerde las entrañas. El contacto ha seguido y al amor de primera vista se le ha unido el cariño del roce, la admiración de muchas de sus virtudes y el infalible acicate de lo prohibido, de lo inconveniente, de lo inapropiado.

El reflejo repentino del sol en una ventana del edificio de enfrente capta su atención más de lo debido. En mitad del quinto paso se inclina en exceso hacia la izquierda, el pie tiene que enroscarse literalmente en el cable mientras la pértiga compensa el movimiento tras un gesto rápido y preciso que ninguna de las figuritas de abajo apreciará nunca. Algo de calor en la frente precede a unas pequeñas gotas de sudor que resbalan tímidas hacia su cuello. La respiración y el control le devuelven a la posición de equilibrio perfecta de la que depende su vida.

Su vida que, sin ella, sería otra vida. Su vida con ella, pero sin ella, es una lucha cruenta contra sí mismo. Sabe que no debe luchar por ella, que no debe ni siquiera intentarlo. Sus días son una permanente contención de emociones. Preguntas no hechas, labios que sólo hablan y ojos que moderan sus miradas. Necesita usar el mismo control que le mantiene arriba en equilibrio. La razón tratando de imponerse. La razón que no consuela el vacío que le deja su ausencia.

El sudor ha desparecido. La respiración mantiene un ritmo pausado. El aire entra y sale lentamente haciéndole flotar entre el cielo azul y el suelo gris cuajado de puntos en movimiento a los que les son ajenos sus pensamientos. Creerán que su mente está concentrada en no caer, en llegar al otro lado, en culminar con éxito su hazaña. Sin embargo sus movimientos ya se han convertido en automáticos y la inercia le guía. Los músculos han adquirido el punto justo de tensión y elasticidad. Toda su sangre los impulsa hacia delante con firmeza, aceptando ya sin miedo recorrer una distancia infinita. Todos sus años de entrenamiento le han servido para que su cuerpo se mueva de forma independiente, maquinal, autónoma. Como un robot. Ya no es humano. Ahora sólo funciona.

 

Hazaña sería besarla y conseguir en ese beso todas las sensaciones que durante tanto tiempo ha imaginado. Tomar de su aliento la pureza que confía todavía le quede. Romper con sus labios el velo que esconde quizá, todavía, un resquicio de inocencia de la que ella pareciera avergonzarse. El único éxito, sentir su deseo y quizá, por un momento, tener su amor.

 

Ha recorrido la mitad de la distancia. El grupo del edificio de enfrente se ve con claridad. Andrés está el primero mirando atentamente, tranquilo, seguro, serio. Andrés es su verdadera pértiga. Cuando encuentra sus ojos sabe que le abrazará al llegar. Quiere ese abrazo.

Los pájaros, no sabe si los mismos, vuelven a volar cerca de él. Están suspendidos y parecen querer acompañarle en sus últimos pasos. Es un intruso en las alturas que despierta su curiosidad. Cuanto antes llegue al otro lado antes recuperarán ellos su espacio.

Según se va acercando al final el corazón empieza a acelerarse. Dentro de poco sabrá si está arriba. El cuello se tensa y la respiración se agita. Ante sí unos pasos y otra vez, el resto de su vida.

Y si está, ¿qué? ¿Seguir soñando?

Seguir soñando.

Sueños.

Lejanos sueños que le acompañan muchas noches, hasta que el amanecer le recuerda que un día más tiene que subir al cable, coger la pértiga, respirar y apoyar el pie para dar el primer paso de la travesía que será su día. Manteniendo el equilibrio. Conteniéndose. Respirando. Concentrando toda su energía en hacer lo correcto porque cualquier error sólo producirá más dolor.

 

Apenas quedan cinco pasos. Andrés le sonríe anticipando un nuevo triunfo. Otro éxito. Pero la mirada que le devuelve es extraña. No expresa triunfo. Se siente bien en el vacío. Su vacío. Allí no necesita nada. Sólo seguir haciendo lo que sabe. Es cómodo. No caben los abrazos ni los besos. En el cable no los necesita. Abajo tampoco. Entonces, ¿para qué seguir avanzando? Quizá porque los pájaros se lo siguen pidiendo. Una buena razón, pero no suficiente. Era un buen día para acabar. Buena temperatura, una brisa suave, el corazón otra vez latiendo despacio, la mente limpia, consciente de lo que tiene y lo que no. Lo que desea y no le es dado. Consciente de que lo que venga luego será al menos distinto. Sólo un movimiento levísimo bastaría para cambiar todo su universo de sensaciones. Para acabar con el vacío y con los sueños. Para dejar de abrasarse en sus ojos. Una inclinación sutil de la pértiga, un giro suave del cuello, una última mirada de agradecimiento y de solicitud de perdón para Andrés y todo acabaría en segundos. Sería un vuelo rápido en el que sentiría lo que toda su vida había tratado de evitar. El aire rozándole la cara con fuerza, el cuerpo girando veloz formando infinidad de escorzos que trataría de hacer bellos hasta el final. Y luego ¿nada?. Lo que fuera sería bienvenido.

 

El gesto de Andrés le saca de su abandono. Ha girado la cabeza hacia atrás. En el grupo se ve movimiento. Lentamente aparece buscando la primera línea. Está guapa, como siempre. A él siempre le parece radiante.

Le clava los ojos preguntándole. Esta seria. No puede prometerle nada. No sabe, no quiere, no debe. Pero en sus ojos hay una petición.

“Quédate”.

Sus ojos le devuelven la pregunta que ella no quiere oír.

“¿Para qué?”

“No lo se, pero quédate.”

El está ahora tan inmóvil como cualquiera de los edificios que puede abarcar con la mirada. No piensa. Sólo siente. Y siente que todavía le faltan motivos para renunciar al vuelo.

Sin apartar los ojos de los suyos ella se acerca todo lo que puede al borde del edificio y alarga el brazo tendiéndole la mano. No ha mudado el gesto. No hay un asomo de promesa en su mirada. Sólo una orden.

“Quédate”.

Ha empezado a soplar algo de viento que mueve su pelo con delicadeza y le tapa los ojos por un momento. El hace un gesto con la cabeza pidiéndole que se lo aparte. No quiere dejar de ver sus ojos ni por un momento. Son lo único que le retiene arriba.

Y entonces ella, sin dejar de mirarle, se aparta el pelo:

“Ven”.

Y entonces él…va.

ESPAÑA NOÑA


El número de ni-nis crece rápidamente. Se reproducen al calor de padres pusilánimes, asustados e inseguros. De colegios donde el merito y el esfuerzo han dejado de ser motivo de admiración y de progreso; de programas de TV que venden paquetes de músculos tatuados, tetas sin paraíso y actividad sexual de conejo.

Hay algunas razones que son causa directa de esta nueva generación de bo-bos como la ley de educación del PSOE (LOGSE) que luego los aguerridos gobiernos del PP no fueron capaces de cambiar en 8 años, paralizados por sus complejos seculares y probablemente por algunos intereses personales.

Pero hay otras razones mas profundas, mas de fondo, mas de inercia colectiva y una de ellas es, sin duda, la tendencia sociológica de la ñoñeria. El miedo a enfrentarse a la realidad menos amable, a camuflarla, a querer cambiar nuestra percepción de la misma a base de eufemismos, cuando no nos atrevemos a mirarla de frente, esta minando la resistencia de nuestra sociedad y debilitando nuestras voluntades. Así, a una crisis galopante le llamamos desaceleración económica; a un gamberro que no da ni golpe y amenaza a sus padres, adolescente en busca de identidad; a una fuerte subida de impuestos, moderado ajuste fiscal y al ejercito que va a una guerra como la de Afganistán, contingente en misión de paz. Asi no hay forma de arreglar nada, porque ni siquiera se reconoce colectivamente que haya nada que arreglar.

La clave del progreso de una sociedad o una civilización es el conocimiento y su capacidad de mejorar su entorno y el de sus habitantes. Pero en lugar de perseverar en ese camino y reclamar los medios necesarios para seguir evolucionando, nuestros ciudadanos dan por buena una estructura económica y un esquema de valoras que bendice fichajes multimillonarios de tipos tan útiles para el mundo como Cristiano Ronaldo y malgastan horas de su escaso tiempo de ocio ante programas como Fama, Gran hermano, Donde estas Corazón y sus secuelas.

Como ejemplo de difuminación de la realidad combinado con mensajes ñoños no puedo dejar de traer al caso la publicidad de muchos productos y servicios. Y de entre todos, sin duda, los energéticos se llevan la palma. Ahora ya no nos dicen que contratemos con una compañía eléctrica o compremos determinada marca de carburante porque produce ciertos beneficios en nuestras casas o automóviles: precio, eficiencia, seguridad…no, ahora tenemos que contratar la luz con tal o cual porque así salvaremos al mundo del devastador cambio climático. Y a lo absurdo del argumento se suma la voz melosa del locutor, de chico bueno que nunca ha roto un plato, que no fuma ni bebe, es socio de todas las ongs y cultiva soja en su terraza.

Lo próximo que veremos será a Heidi corriendo por un verde valle cuajado de amapolas, llevando al hombro una minibombona de butano.

Y luego está la publicidad de los bancos que quieren ser nuestros amigos para prestarnos dinero con 4 o 5 puntos de diferencial sobre el euribor.

También con una voz bucólica e inofensiva te lanzan sus peticiones de amistad las compañías telefónicas que han pintado el mundo de color rojo, naranja o verdiazul.

Y por fin los de los organismos oficiales: gobierno de España, la suma de todos, hola everyone… Por el amor de Dios… ¿por que no se gastan ese presupuesto publicitario en pagar mejor a los maestros y profesores, en informatizar la justicia, en chalecos antibalas para la policía o en mas investigación y desarrollo?

Mientras nos enseñan lo buenos chicos que son nuestros soldados en el anuncio de «Tus fuerzas», como desayunan juntos, salvan gatitos, se van de excursión y hacen jogging por bosques encantados, millones de seres humanos con necesidades básicas están esperando su oportunidad. El hambre da mucho valor y la pobreza absoluta crea grandes luchadores. Le electrónica nos defenderá durante un tiempo pero el número y la fuerza de su razón acabarán aplastando nuestra ñoñeria.

Roma se sentía segura tras las murallas de su vasto imperio. Las masas ignorantes disfrutaban de los juegos en los estadios, los filósofos discutían en el foro, los políticos se acuchillaban para conseguir el poder y los ricos se entregaban a sus bacanales en las bellas villas de Brindisi o Pompeya.

¿Tendrán que venir los bárbaros otra vez, entrar en nuestras seguras casas vigiladas 24h, volcar nuestros confortables y ecológicos coches y arrastrarnos por un suelo de sangre y barro para que volvamos a tener conciencia de la realidad?

VIAJEROS AL TREN

Dicen que con la edad se adquieren manías o que se acentúan las que uno arrastra. Sin duda es cierto, pero créanme: lo que sigue nada tiene que ver con esa verdad irrefutable.
Viajar en avión se ha convertido en algo incómodo, desagradable en muchas ocasiones. Desde el día anterior al viaje hay que calcular cuanto tardaremos en llegar al aeropuerto y terminal que toque en función del trafico, que ya casi siempre es lento en cualquier gran ciudad. Así que saldremos con un poquito de margen, por si acaso.
Si al tiempo invertido en llegar al aeropuerto, digamos 1h, con el consabido margen, le añadimos los 90 min. que exigen las aerolíneas de media, nos encontraremos con que para llegar a Barcelona desde Madrid, invertiremos 2h y media fuera del avión y 50 min. en el aire. Ahora sumemos los 30 min. de retraso habituales, los 15 min. de caminatas por el aeropuerto a la llegada, los 15, como mínimo, de recoger una maleta y los 30 min. de taxi desde el Prat hasta un hotel del centro y la proporción se desequilibra aun mas: 4h fuera del avión y 50 min. de vuelo. Tan es así que, que el puente aéreo ha sufrido una drástica caída de viajeros desde que el ave conecta Madrid y Barcelona con puntualidad suiza. Era un éxito anunciado.
Pero sigamos metiéndonos en la piel del viajero frecuente.
Los aeropuertos más visitados son tan grandes que los tiempos de desplazamiento se asemejan a los del transporte urbano en cualquier capital europea. Se tarda mucho menos en ir desde la Plaza de Gregorio Marañón a Arapiles, dos barrios, dos distritos, que de la T4S a la T4.
En Gatwick o Schipol se puede perder perfectamente un avión si te cambian una puerta sin que te des cuenta a tiempo. No es extraño de hecho ver carreras de gente con los ojos desencajados, arrastrando una mochila con las ruedas echando chispas y empujando a todo el mundo mientras balbucean en un ingles con acento de cualquier sitio: «sorry, sorry». Me ha pasado y sufro cuando les veo.
Pero quizá lo mas odioso del viaje actual son las colas, las esperas y los empujones, especialmente en temporadas de vacaciones.
La cola para facturar, la cola para pasar el control de seguridad, la cola para el control de pasaportes, la cola para comprar un libro o una revista, la espera en la puerta de embarque, los empujones mientras colocas el equipaje, la cola para despegar cuando hay congestión de trafico aéreo, la espera para salir de tu asiento sin ser arrollado por una fila de búfalos enfurecidos que tienen una extrema urgencia por salir, para luego tener que esperar las maletas igual el primero que el ultimo, la cola de otro control de pasaportes, la espera de la recogida de maletas (45 min. de media en la T4S) y por fin la cola del taxi que te dejara en un hotel en el que te pondrás en una cola para hacer el check in. Esto puede parecer exagerado y caricaturesco pero es la realidad cotidiana de los que viajamos con frecuencia.
Pero quizá de todas estas colas/esperas, las mas exasperantes sean las de los controles de seguridad. Para empezar esta el laberinto de cintas que obliga a hacer 200 metros en zig zag en lugar de los 20 que te separan de tu destino. Cuando hay mucha gente esta justificado, pero cuando hay menos, allí sigue, desafiante, invitándote a hacer un slalom tan ridículo como innecesario.
Antes de entrar en las cintas, un amable ciudadano del mundo comprueba nuestra tarjeta de embarque con detenimiento. «Si, le autorizo a viajar», parece que te va decir.
Mientras nos acercamos lenta y parsimoniosamente, con pasos resignados que recuerdan al de los esclavos empujando los grandes bloques de piedra que conforman las pirámides, otros ciudadanos del mundo repiten una cansina letanía con las instrucciones que deben darnos: «monedas, teléfonos, cámaras, objetos metálicos, cinturones, líquidos, todo en la bandeja. Las computadoras fuera. Monedas, teléfonos…etc.». Y ya cerca de las maquinas de la verdad empieza el juego malabar de poner en una bandeja el ordenador, que tiene que ir solo, en otra la chaqueta, el cinturón, el teléfono Mobil, el reloj, la pluma, las llaves, en algunos aeropuertos los zapatos y esperar unos minutos con 2 o 3 bandejas bajo un brazo y el maletín en el otro, descalzo, mientras otros ciudadanos del mundo registran y toquetean a quien les parece con los modales que tengan a bien y otro, tras una concienzuda observación descubre, válgame Dios, que llevamos una espuma de afeitar de 125 ml y no de 100 ml, que es el limite. Tras asumir que discutir con este ciudadano del mundo es simplemente inútil, aceptas que requisen tu espuma y confías en llegar a un hotel donde este incluida en el kit de afeitado que o haya una tienda abierta para comprar la espuma que tu usas.
Una vez protegido el mundo de tu arma letal, te devuelven tus zapatos, tu ordenador y el resto de tus pertenencias y te dejan seguir intentando viajar. Lo mas frustrante de todo es que todos sabemos que, a pesar de que cientos de miles de ciudadanos honrados estamos obligados a sufrir esta pesadilla a diario, los traficantes de drogas y de armas siguen pasando la que quieren y el DIA que el terrorista profesional quiera armarla, la armara. Es un caso claro en el que el mal y el terror, han triunfado sobre el bien, paralizándolo y haciendo su vida mas difícil.
Otro ingrediente que hace molesta cualquier espera en muchos aeropuertos son los anuncios por megáfono. En eso hay que decir que AENA ha sido pionera en no anunciar los vuelos y exigir a los viajeros que sean responsables de su vuelo y las posibles contingencias. Hay multitud de pantallas y muchos puntos de información.
Pero en otros aeropuertos, en Africa y en China, las srtas. encargadas de la megáfono padecen una clara incontinencia verbal y simplemente no callan. Tu estas haciendo una conexión de un vuelo largo, quizá leyendo un documento de trabajo o un libro o el periódico y un incesante y sucesivo continuum de «ding dong…su atención por favor. La compañía Dragon Air les informa de que su vuelo KA6231 realizara su embarque en breves momentos. Se ruega a los sres pasajeros que se dirijan a la puerta C52. Gracias.» Esto en ingles y en chino. E inmediatamente otro y luego otro y otro. Desquiciante.
Y ya para rematar y conectando con el tema de la megáfono, no olvidemos la proverbial verborrea a bordo del avión:
Que nos abrochemos el cinturón, que el respaldo en posición vertical y la mesita plegada, que apaguemos los dispositivos electrónicos, que no se puede fumar… pero a ver, que ya lo sabemos todo. Que pongan un video o que hagan un examen para sacarse un billete, pero que no nos torturen con tal marea de palabras, a veces en castellano, ingles y catalán. Para cuando se quiera caer el avión todavía estarán enseñando las salidas de emergencia en euskera!
Pero lo mejor es cuando el comandante, amable y servicial, te despierta en mitad de ese leve sueno que se coge a veces con la cabeza apoyada en la ventanilla, el cuello torcido y los brazos Dios sabe donde y empieza a decir: «sres pasajeros, mi nombre es Capitán Volador y tengo el gusto de informarles de que en nuestro vuelo hacia Madrid pasaremos por las ciudades de Dresde, luego sobrevolaremos Poitiers, posteriormente pasaremos por Niza, justo por encima de la casa de Elena Salgado, para luego encarar el trayecto final hacia Madrid en el que sobrevolaremos las ciudades de Barcelona y Zaragoza»
Y bien? Que mas me da por donde vayamos a pasar? Yo no veo nada desde mi asiento y lo que quiero es llegar cuanto antes, sano y salvo.
Normalmente se dan datos muy valiosos como la temperatura en destino:
«En Barcelona el cielo esta despejado, hay viento del suroeste y la temperatura es de 16 grados centígrados»
Y que? Yo ya he hecho la maleta. Lo que llevo es lo que llevo y el tiempo será el que sea. Gracias por despertarme Capitán Volador pero por que no me deja un rato tranquilo?
Y entonces, como un castigo ante estos poco humanos sentimientos, una azafata coge el micrófono y empieza a decir:
«Sres pasajeros, a continuación les vamos a proporcionar información sobre las puertas de embarque de las distintas conexiones de este vuelo: IB352 con destino Vigo, puerta B38; IB 984 con destino Santiago de Chile, puerta B45; IB 6521 con destino Málaga, puerta J52….» Y así hasta 12 conexiones, en dos idiomas. Pero por favor, si están las pantallas en la terminal. Por que me torturáis de esta manera?
Y entonces aprendes a valorar el silencio como una virtud y como una necesidad esencial de cualquier ser humano que aspire a unos momentos de felicidad.
Ante tal cúmulo de inconvenientes, para viajar en avión sin perder los nervios solo puedo aconsejar una infinita dosis de paciencia.
Pero desde luego mi grito de guerra a partir de ahora, en lo que a desplazarme por el mundo se refiere, será sin duda:
Viajeros al tren!

TUS OJOS

Tus ojos me envenenan cuando miran

y el veneno, camuflado entre caricias,

me acerca a la soledad inevitable.

 

Cumplirá su misión sin miramientos,

trayéndome cruel toda tu ausencia,

imparable, tenaz e insobornable.

 

Veneno puro, dulce, mortal,

que mis ojos beben de los tuyos,

profundos, misteriosos, implacables.

 

Ojos huidizos que herméticos esconden

cualquier explicación que mitigara

mis ráfagas de pena y de reproche.

 

Maldito el veneno que me diste

que llena cada vena y me condena,

al sueño de añorarte cada noche.

VISTAS AL MAR

 

Al menos para las mujeres tiene mejor gusto y no sólo para las compañeras que han pasado por su vida. Clara es una buena prueba. Cuando está algo más consciente me confiesa que su obsesión por la belleza femenina le ha dejado demasiadas veces, junto con el deseo satisfecho, el desencanto y el vacío.

Hoy, tumbado en su cama, con una sonda para alimentarse y una medicación que le mantiene casi siempre somnoliento, sólo le quedan dos placeres: la vista que el amplio ventanal le ofrece sobre el Cantábrico y las tres veces al día que le toma la temperatura su atenta enfermera, Clara.

Cartas Romanas

LA BOLSA, LA RUINA Y LA GUERRA

 

Querido hermano Quinto Ramonio: 

He estado pensando si deberíamos darle a la compra de estas acciones el carácter de símbolo, de presagio, de precedente al menos, de nuestra capacidad, hasta ahora bastante dudosa, para hacernos ricos con la bolsa.

Si le dotamos de tal carácter y sale bien, como Alejandro ante las

respuestas del Oráculo, seguiremos sin parara en obstáculos hasta la India y la China y conquistaremos sin mas resistencia que los lamentos de nuestros enemigos, todas las empresas de comunicaciones de Oriente.

Si por el contrario, el hado no lo permita, sale mal, volver a sacar un euro para invertirlo en cualquier otra ocurrencia, será una tortura para la mano, que se resistirá aterrorizada a poner en peligro algo mas de nuestro patrimonio y necesitaremos la ayuda de un asistente de campaña para firmar cualquier cosa que nos pueda llevar irrefrenablemente a la ruina.

En fin, nuestro valor, al menos, esta fuera de toda duda. Ave. 

Querido hermano Josefo: 

Que los dioses estén contigo. Ten prudencia por la Galia, de todos es sabido que los galos aparentan comportarse como ciudadanos del imperio mas por la presencia de nuestras legiones que por convencimiento propio. No olvides que tienden a las costumbres bárbaras y ten tu mano siempre cerca de la gladio.

Veo que tu sabiduría se acrecienta con la edad y no puedo sino estar completamente de acuerdo con tus aseveraciones. Consultemos pues al hado con nuestro comportamiento valiente, a la postre siempre habrá algún dios que nos acompañe en nuestro camino, si tenemos éxito demos la bienvenida a la

diosa fortuna, sino, acojámonos al dios Baco.

En todo caso recibiremos al porvenir con la debida dignidad romana. Ave.

Querido hermano Ramonio 

¡Ah el traicionero Baco! De todos los dioses es al que mas temo pues puede hacer de cualquier mortal una piltrafa en pocas horas. He visto tantas victimas de sus crueles juegos tornarse en deslenguados, lascivos, procaces, insensatos, despilfarradores, orates y sobre todo torpes y necios, que me aterra pensar que nuestro destino pudiera estar algún día en tan perversas manos.

Si tiene que venir la ruina, el hado no lo permita, prefiero volver a la

gloriosa séptima y morir empuñando el gladio ante algunos bárbaros de poderosos brazos y mirada azul, helada. Con suerte habré iniciado antes en las artes de la divina Afrodita a alguna de sus hijas de dorados cabellos y generosos pechos. Ave. 

 Querido hermano Josefo: 

Sea pues. Vayamos a la séptima si sale mal. No sé quien se reirá mas al vernos, si los bárbaros de mirada helada o sus hijas, pero como conozco un tribuno que me debe dinero, podemos conseguir que nos ponga en primera fila para que al menos el trance sea rápido. Ave.

Veinte Minutos


Las últimas gotas de la alcachofa de la ducha eran los únicos sonidos perceptibles en la casa hasta que oí el estruendo. Sonó demasiado cerca para ser en casa del vecino de arriba. Pensé que una ráfaga de viento había movido el estor de la ventana abierta, que a su vez habría tirado la lámpara de sobremesa o cualquier otro cachivache de la mesa del despacho. Recién secado, en calzoncillos, salí al pasillo. A menos de un metro de mi encontré el origen del ruido. Eran las 21,15h del pasado Jueves Santo.

Un hombre de complexión mediana, con pelo corto, moreno de pelo y piel, barba de varios días, ojos negros y las manos enguantadas estaba frente a mi.

Los primeros segundos fueron de reconocimiento mutuo y análisis de la situación y tuvieron como objetivo prever la reacción del otro.

Por muchas veces que había intentado visualizar una escena semejante con la intención de programar la reacción más eficaz, nunca imaginé el efecto que la situación real produce. En mi caso a la estupefacción más absoluta – ésto no puede estar pasando- se sumó el miedo y me quedé temporalmente paralizado. Dos fibras del gemelo rotas, que me hacían cojear ostensiblemente desde algunos días atrás, tampoco contribuyeron a darme ninguna seguridad en mi mismo.

Habiendo percibido, supongo, que no tenía enfrente un enemigo serio dispuesto a todo, el sujeto se dirigió a mi extendiendo el brazo y poniendo su mano sobre mi cabeza. El gesto se parecía más a una bendición que a una amenaza.

Tírate al suelo.-

Pensé que si le obedecía quedaría completamente a su merced y sólo me marqué un objetivo: cruzar el pasillo como fuera, llegar a la puerta principal y salir de la casa para huir mientras intentaba pedir auxilio.

Que te tires al suelo, cabrón!-

¿Qué quieres?- sólo tratando de ganar tiempo-

En ese momento apareció otro individuo, moreno también, pero de complexión mucho más fuerte.

Túmbate de una vez hijoeputa y dinos dónde está la pasta.

Sin demostrar el más mínimo intento de agresión, le aparté la mano de mi cabeza, avancé en su dirección e inicié un forcejeo. Me agarraron de un brazo, de las manos, de las piernas, del pelo y de donde podían, pero me fui zafando de sus presas mientras avanzaba lenta pero inexorablemente hacia la salida.

En ocasiones les arrastraba a los dos, a pesar de que me pegaban algún puñetazo en la cara y en las costillas. Cuando vieron que no podían controlarme con facilidad, uno de ellos, el más fuerte, sacó un cuchillo pequeño, se agachó y me lo clavó en mitad de la parte anterior del muslo con una precisión casi quirúrgica. La herida empezó a sangrar profusamente y eso unido al dolor de los gemelos lesionados me hizo perder apoyo instantáneamente. Finalmente hinqué la rodilla en el suelo y quedé totalmente a su merced.

Acto seguido me arrastraron hacia mi dormitorio y me sentaron en la cama.

¿Dónde está la pasta? La pasta y las joyas de tu mujer-

Escuchad, tengo una cartera en la entrada con dinero. Debe haber unos 400 euros. Es todo lo que tengo, de verdad.

A mi no me engañas cabrón. Danos todo el dinero y las joyas cabrón. ¿Dónde están las joyas de tu mujer?-

Pero ¿qué mujer?. No tengo mujer, estoy divorciado y vivo solo. No hay joyas y el dinero está en la entrada, en la cartera. Vamos a por la billetera.

La herida del muslo sangraba cada vez más y mientras uno me mantenía controlado en la cama, el otro registraba el dormitorio rápidamente. Este último encontró el machete que guardo al lado de la cama y en la mesilla de noche encontró un cuchillo de remate de Armería Española, un regalo de boda – que cosas -cuya sola visión corta el aliento. Mis armas se iban a volver pronto en mi contra.

Mira que guapo tío- dijo al encontrar el cuchillo de caza.

El se quedó con el machete y le dio el cuchillo de remate al otro. Me tumbaron en la cama y me pusieron las armas en la cara, en el cuello, en la garganta, mientras no dejaban de pedirme el dinero y las joyas insistentemente.

Por favor, me estoy desangrando. Dejad que me haga un torniquete o me voy a morir, por favor, por favor…-

Que nos des el dinero cabrón que si no te matamos ahora mismo, ¡danos el dinero!-

Yo repetía mi respuesta como una letanía:

Dejad que me haga un torniquete, por favor, ¿no veis que me estoy desangrando?-

En un momento dado el pequeño me dio una bofetada, pero el otro me incorporó y me dejó coger la chaqueta del pijama con la que empecé a atarme la pierna. El grande se levantó y volvió enseguida con un cinturón que ató sobre el torniquete que yo había improvisado.

El que registraba se levantó, abrió los armarios del dormitorio y dijo:

Aquí hay una caja fuerte-

Me levantaron y me llevaron a la caja. El menos fuerte, muy alterado, la agarró con las dos manos para intentar arrancarla del fondo del armario.

Espera, espera, que te de la clave. Dale la clave, ¡venga!

Vale, vale, ya la abro.

Encendieron la luz, abrí la caja, sacaron un sobre con dinero, una colección de relojes, una cartera con moneda extranjera y unos gemelos de mi padre. Aunque el descubrimiento actuó como un bálsamo para su ansiedad, después de contar el dinero me increparon:

¿Donde hay más dinero?-

Ya os he dicho que hay dinero en una billetera en la mesa de la entrada. Cogedlo y marcharos, por favor.

Llévanos. ¿Qué más tienes?

Yo ya estaba agotado y no sabía que decir. No tenía más dinero ni nada de valor que les pudiera dejar satisfechos.

No hay nada que no esté a la vista. Coged lo que queráis y marcharos. Por favor.

Me llevaron entre los dos hacia la entrada y cogieron una billetera con unos 400 euros y otras carteras con tarjetas de crédito. Me empujaron al salón y me tiraron al suelo. El más fuerte siempre me tenía agarrado y siempre apoyaba el cuchillo de remate en alguna parte mi cuerpo mientras el otro se movía como un loco cogiendo todo lo que le parecía interesante: un ipod, mi ordenador portátil, una radio…

De repente, el fuerte empezó a decir:

¡Dale rápido, vámonos ya, apúrate, vámonos!

Ese momento, junto con los segundos del primer encuentro, fue en el que experimenté mayor pánico.

Tenían la cara descubierta, me había resistido al principio, les había intentado engañar diciéndoles que no tenía dinero, les había hecho perder tiempo haciendo más arriesgada su acción y tenían un cuchillo y un machete que entraría como en mantequilla en cualquier parte de mi cuerpo. Y aunque la lógica y las probabilidades estaban a mi favor, sinceramente, no sabía que qué iba a ser de mí en los segundos siguientes.

Nunca he tenido tanto miedo.

Cuando oí por fin que el del machete le dijo al que me sujetaba “átale”, me convencí de que todavía tenía posibilidades de salir con bien de la historia. Pero necesitaba asistencia médica.

Cogieron unas zapatillas de deporte del armario de la entrada y me ataron las muñecas por delante con los cordones, bien fuerte, pero con tanta prisa que dejaron una de las zapatillas colgando de mi mano derecha.

No te muevas cabrón-

No me costó nada obedecerles. Maniatado, tumbado en el suelo, esperé a dejar de oír ruidos y cuando me cercioré de que se habían ido me arrastré hasta la cocina, cogí un cuchillo y me corté las ligaduras. Cojeando, sangrando abundantemente por la herida, magullado y realmente exhausto, me incorporé como pude, salí al rellano de la escalera, llamé a tres puertas y me abrieron en la última.

Ladró un perro, salió una señora.

Pero hijo, ¿qué te ha pasado, por Dios?

Por favor, llamen al 112.

Para los independentistas catalanes

Permitidme que os diga alguna cosa. No os hará pensar ni cambiar. Sólo alimentará vuestro odio. Pero a mi me sirve para dejar constancia de que lo avisamos. Para que nadie diga luego entre lloriqueos y lamentos: no era ésto, no era ésto

Las emociones y las reacciones humanas son a veces incontrolables. Hasta las personas más pacientes tienen un límite. Estáis alterando la vida cotidiana de la gente que mayoritariamente lo que quiere es vivir en paz y mejorar su vida y la de sus familias..

Estáis coartando su libertad. Estais limitando su educación y privándoles del tesoro de la lengua española. Estáis gastando sus impuestos en manipular las mentes de sus hijos y en propaganda para engañar a la comunidad internacional.

Estáis atacando a más de la mitad de los catalanes. Les estáis insultando, llamándoles hienas, bestias taradas y acusándoles de tener fallos en el ADN porque hablan español. Les estáis ofendiendo, separando a familias y amigos con mensajes basados en mentiras que generen odio.

Y estáis ofendiendo y atacando los principios de la inmensa mayoría del resto de los españoles, difundiendo que os robamos y que nuestra ascendencia arabe y semita, nos hace gente vaga, mezquina y poco de fiar para los arios superiores que nos habéis soportado con generosidad.

Os estáis acercando irremisiblemente hacia el fracaso. Estáis empezando un partido para el que no tenéis nivel. No habéis empatado con nadie. Nunca. Lleváis siglos así. Vais a perder otra vez. ¿Y sabéis por qué?

Porque los buenos catalanes, QUE SON LA MAYORIA, a pesar de vuestro control de la educación, de los medios de comunicación, de vuestra burda manipulación, os vencerán. Y contarán con la ayuda del resto de sus compatriotas. Siempre. Sánchez es un accidente pasajero. No lo olvidéis.

Ronald Reagan

«Un comunista es alguien que ha leído a Marx; un anticomunista es alguien que además lo ha entendido»

El equipo de Andalucía tiene que cambiar al entrenador.

Claro que hay redes clientelares; claro que Canal Sur está al servicio de la Junta; claro que hay muchos que prefieren una vida sin muchas aspiraciones y mal-bien vivir del cuento. Pero me niego a creer que Andalucía no está llena de personas con pundonor, con aspiraciones, que quieren mejorar las condiciones de vida de su tierra para ellos, sus hijos y sus nietos y que son conscientes de que el régimen socialista les tiene a la cola de España y de Europa. La resistencia al cambio es fuerte, sobre todo cuando no hay a la vista un proyecto atractivo ni un líder capaz de atraer voluntades generando ilusión. Pero cuando las situaciones alcanzan ciertos niveles de decadencia, el cambio es obligatorio. Para que entre aire fresco. Para que las cosas se muevan. Y sin duda los que lleguen harán de su capa un sayo, generarán prebendas, cometerán errores y decepcionarán en muchas cosas. Así es el ser humano. Piensa mal y acertarás. Pero si además de que la naturaleza humana tiene un aspecto vil, perpetuar a los mismos en el poder dejando impune su vileza, es un estímulo irresistible para que abusen aun más de su poder, roben más, gestionen peor y sigan perjudicando a una tierra que le ha dado grandes hombres a España y al mundo y que no se lo merece. #CambiaAndalucía